6/25/2018 7:24:51 PM
UN REGALO MUY ESPECIAL
 
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Pasó el tiempo, días, semanas, meses... Yo no me movía, estaba anclado en aguas profundas. El trajín de la vida ni siquiera me rozaba la piel. Nada penetraba la dura costra de cristal que recubría mis recorridos por un mundo absurdo desde que salía de mi casa hasta que volvía cerca de mis hijos, del jardín, del perro... de las pocas cosas que seguían explicándose sin palabras.

Sólo hablar de Eva me llevaba velozmente hacia la emoción. Era una invasión de imágenes y síntomas que no dominaba.

Una tarde de domingo porteño con mucho sol invernal y los chicos disfrutando, haciendo ruido en la vereda, tuve fuerzas para acercarme al placar del lado de ella. Impulsado por la soledad abrí la puerta y deslicé el tercer cajón hacia mí. Vi su ropa; olí... ¡ay!... ¡Dios mío!, oler a Eva fue maravilloso. Allí estaban sus prendas íntimas, fibras vegetales que habían tocado una y otra vez su piel. Metí la mano entre ellas y alcancé a tocar los bordes de un sobre. Era de papel áspero y grueso, color madera. Adentro encontré hojas manuscritas, prolijamente ordenadas pero sin numerar. ¡Era la letra de Eva!, su voz... su última señal de vida. Obnubilado me recosté en la cama y leí hasta el final:

 

Mi queridísimo Adán:

Te dejo tan sólo unas pocas hojas que escribí con cariño; son vivencias, reflexiones que me ayudaron a vivir.

Espero con todo mi corazón que te permitas estar bien, ser feliz disfrutando la vida que tenés por delante. Siempre fui muy dichosa a tu lado, y si bien, como toda pareja, hemos tenido diferencias, fuiste el mejor regalo que tuve en mi vida, ¡un regalo muy especial!

Te agradezco todo lo que me diste, desde el primer beso al último, los dos hermosos hijos que creamos juntos, y todo, todo lo que compartimos.

Con Amor:

 

                                   Eva

 

 

 

 

Nuestros Frutos

 

 

Aprendí que no logro ponerme de pie, erguida frente al mundo cada mañana, si mi amante compañero no reposa, aunque sea unos instantes sobre mí, en el lecho de nuestra habitación de piedra.

Aprendí de mis pequeños niños, de mis criaturas amadas, que dependo de ellas porque no me sostengo en la vida sin el peso de sus cuerpos sobre mis brazos de madre.

Aprendí que las manzanas jamás caen del árbol, que Newton fue un falsificador, un pobre hombre a la hora de ver la vida desde el amor que la genera. ¡Nunca vi caer una manzana de un manzano!

Les aseguro que las manzanas al sonrojarse de madurez en el tiempo de su espera se sueltan del tallo y vuelan, incluso cuando son muchas lo arrastran hacia el cielo, ¡elevándolo!, ¡estirándolo!, ¡tironeando!, entre las nubes de la copa y las raíces que lo atrapan a la tierra.

Hay una ley que dice: «Todas las manzanas caen en cualquier sitio del planeta». Pero las manzanas no caen, ¡siempre vuelan aquí en Latinoamérica!

Y si entregamos brotes nuevos a la negrura de la tierra, si mueren nuestros hijos, no es por «gravedad» ni por ley alguna, ni por la certeza de ninguna ciencia. Es por gravidez: caen como semillas que germinarán a la hora del fruto.

Me pregunté un día, si era posible que nos sostenga lo mismo que nos pesa en los hombros; que nos mantenga erguidos lo que nos llena de callos las manos y nos empuja hacia abajo hundiendo nuestros pies en el asfalto líquido de nuestra ciudad porteña. Y me respondí que sólo agobia verdaderamente aquello que no tiene sentido, lo que pierde su significado ¡y es por eso que nuestro frutos vuelan!

 

 

 

 

Génesis

La acción inadecuada es una manera
 de estropear cualquier fuerza

 

 

Peso, pero no en la balanza; transcurren días en mi existencia que no son los de ustedes; yo comprendo vuestro límite, ¿comprenden ustedes el mío?; ¿por qué han tenido hijos?

Me acusan de la velocidad del tiempo y de la muerte. Con horror ven morir la mosca; ella confía en mí, yo confío en ella..., ¡amo a las moscas!

Me culpan de la inmensidad de los espacios y de la muerte, pero no de la vida; me acusan de la soledad, pero no del encuentro y la amistad; me culpan del sufrimiento y la pobreza, pero no del placer, ni el deleite, ni la abundancia. Me acusan del niño pobre, del niño enfermo, del disminuido, pero no me acusan del niño feliz.

¡Toda felicidad les parece natural y merecida!

¡Todo dolor les parece injusto!

¡Toda abundancia es lógica!

¡Toda carencia les resulta absurda!

No se dan cuenta de que soy tan sólo un Dios...

Yo no hago vida como un fabricante ni decido quién muere como un verdugo, yo no invento guerras ni mando pestes... Soy vida, como el agua es agua, como ustedes son ustedes.

De la relación de lo manifestado y lo no manifestado surge la creación como un río inagotable. Yo soy el Dios que mezcla los colores con los no-colores. Cuando la luz los toca, viven; cuando la luz no los toca, desaparecen a la vista. ¿Dónde estaban antes de nacer? ¿Dónde irán después de que la luz los abandone? ¿Valen más ustedes que los que vivieron?, ¿valen más ustedes que sus nietos nonatos?

¿Dónde están ahora los que vivirán?

Millones de seres convergen a la vida.

Millones de seres convergen a la muerte.

Estupor me causa que no se pregunten por quién sostiene la luz. De quién es la voluntad que perfecciona las especies, quién le da la fuerza al semen.

Humanidad: especie sindical del universo. ¡Animal reclamador!

Estupor me causa que no se preocupen por quién sostiene el mundo, de quién es la voluntad que perfecciona las especies, quién le da la fuerza al semen.

¿Se preguntan, acaso, de qué me alimento?

Los antiguos creían alimentarme con animales y personas, ofrecían sacrificios.

Ingenuos ellos, pero sensibles; supersticiosos e ignorantes. Pero no más que ustedes.

Comen mi carne, beben mi sangre, me sacrifican con naturalidad, administran mi cuerpo como mercadería.

Pero se preguntaron alguna vez sinceramente, cuál es mi comida, de qué se nutre su Dios, cuál es mi realidad, qué espero Yo de Mí, de la creación, de ustedes. Toda relación es entre partes... soy sólo un Dios.

Soy impetuoso, espaciosa es mi morada, sentido de mis limpios ojos. Rotundo es mi amor, desdichado estaba sin crear, instinto de Dios, Yo soy mi propio instinto.

Azules, celestes, rojos, rosados, abrumadoramente grises, latidos, insensatez, reposo, cálculo, oscura piedra, circunstancias de dioses, huesos, carnes ensangrentadas, muerte burlada.

La pared crece hilada por hilada.

Insomnio.

Trabajo, fatiga, sosiego...

Secretos, los míos.

Fórmula de la creación del universo: pulpa de vida, huesos, cartílagos, fibras, veneno, paraíso, metáfora, lenguaje, abeto, roble, fidelidad, vesícula, crimen, mito, memoria, cuerpo, gestación, simulacro, sangre, dulces, frutas, drama, codicia, ambigüedad, hilo, entrañas de mujer, ladrillos, alientos de antiguos dioses, volcanes, praderas, crepúsculos, errores, dientes de perros.

Pulpa de vida.

Remotas existencias, roturas, uñas, estrictas precisiones, naufragios, pirámides, cien mil millones de años cuando abro los ojos, cien mil millones de años cuando sonrío, cien mil millones de años cuando acaricio, cien mil millones de años cuando beso, cien mil millones de años...

Pulpa de vida.

Fórmula de la creación del universo: Disolución de todos los componentes básicos en una cacerola cósmica de nueve mil millones de años luz de diámetro. Revolver con la mano izquierda limpia hasta que reviente la mezcla en un cielo azul insostenible de tal manera que cada estrella se mantenga estable en su movimiento, agregar una pizca de cuarenta y cuatro millones de toneladas de confianza en lo que hacen y el viento estelar les acariciará los cabellos.

Cocinar con el fuego del propio cuerpo. Toda la humanidad abrazada alrededor de la olla, sin bostezar, sin cansarse, sin quejarse, sin reclamar durante la cocción...

¡Paciencia!

Plenitud y Venus aparecerá.

Rayos, tierra negra, ataúdes, domingos, misas, especies orientales, insurrecciones.

Poesía, sexo, instinto. Especificación de caracteres, doce mil millones de años más.

Lenguaje, ritmo, música, luz, amor, parte, memoria, todo perfecto.

Sopa.

Fórmula de la creación del universo: Si todo resulta insípido, injusto, imperfecto, con olor a guiso quemado, o con aspecto de catástrofe y las tinieblas con demonios rojizos imprevistos en la fórmula original: repetir la operación hasta lograr el punto adecuado.

Pulpa de vida, jugo, brebaje, comida, alimento, elixir, delicia, postre.

Soy tan sólo un Dios..., ¿creen, acaso, que me parezco a un especulativo destructor?

¿Cuándo reconocerán mi escala? ¿Cómo se acercarán a mi tamaño, a mi forma de sentir, a mi alimento?

Yo no soy sordo a sus súplicas y ustedes tampoco son ciegos a lo que he creado. Pero créanme que el diálogo entre nosotros no es fácil.

Lamento la dificultad, disculpen la imperfección de lo perfecto. Sólo soy un Dios.

 

 

 

 

Siete

 

 

Nido de dolor

ten piedad de mi cuerpo trémulo.

Una lámina de papel invisible separa al feliz del infeliz.

Cocino para vos y para nuestros hijos

bailemos por favor, bailemos desnudos.

Trabajo para mí y para nuestros hijos

gocemos por favor, gocemos juntos.

Destino de tiempo heterogéneo y de lugares espesos por su olor.

Tiempos de suerte y fatalidad.

Me dejo, aprendí a dejarme.

Y de mis pies se desprenden largas raíces filamentosas, enjambradas, finísimos

hilos porosos que absorben minerales, líquidos alimenticios...

Estoy celeste en Buenos Aires, junto a cadáveres amigos.

Estoy celeste en Buenos Aires respirando vientos... ¡vivo!

Madre, si todavía me acuerdo del día en que me curaste

Padre, si todavía me acuerdo del día en que me enseñaste a pescar

Hermanos..., ¡hermanos!, si todavía me acuerdo de cuando vivíamos juntos

Abrí la ducha y preparé los toallones

Desnudé su cuerpo de niña y la bañé con devoción

La envolví, la sequé, le peiné su brillante cabellera.

Cabeza amorosa... ¡tanta inocencia!

Una lámina de papel invisible separa al feliz del infeliz.

Vuelvo a la religión después, mucho después del destierro.

Te amo Dios, aunque no te comprenda.

Siete.

 

Cuando terminé de leer los escritos de Eva me sentía desbordado, las imágenes del relato y su patética cercanía me saturaron de sentimientos contradictorios. El corazón que latía en el centro de mi pecho se había disuelto en la sangre y recorría velozmente las arterias...

Material humano radioactivo, eso era yo y mucho más; me escapaba de mí, no dominaba mi organismo, las sensaciones me invadían. Primero desesperé, fantasié con mi muerte, después empecé a gemir, luego a llorar y puede controlarme. Aterricé de a poco en la cama, donde, supuestamente, reposaba.

Mariana entró en la pieza abruptamente. Me vio y se dio cuenta de que algo me pasaba, me preguntó si estaba bien, le dije que sí, que fuera para la cocina que yo ya iba a la calle.

Después de un rato me incorporé y salí; mis dos hijos estaban mirando televisión. Sentado en el umbral miraba hacia abajo, el pedacito de vereda que quedaba en penumbras bajo mi cuerpo. Cuando la vista se acostumbró a la oscuridad, descubrí minúsculos objetos y volví a ver cientos de hormigas que desfilaban febriles llevando hojas y pétalos a su casa subterránea. No sé por qué en ese momento me pregunté cómo respiraban las hormigas, jamás me lo habían explicado... estaba en paz con ellas, sólo las saludé. Les dije «buenas tardes» o algo así; esta vez me contestaron, reunidas en pequeños grupos se reían y a coro gritaron: «¡qué tal, Adán...!, ¿cómo andás hoy?».

Después mi cabeza se infló tratando de estallar, el cuello tenso se me quebró y los brazos en cruz la atajaron hasta depositarla sobre las rodillas lampiñas. Las piernas derechas, dejaron descender la carga hasta los pies. Éstos tensaron sus tendones como hilos traccionados, los dedos se crisparon, las uñas se hicieron garras prehistóricas y el conjunto destrozó la suela de los zapatos que se achataron hasta parecer papel manteca y convocaron a las baldosas en su ayuda... Pero las viejas piedras calcáreas de Mataderos se quebraron de impotencia y surgió, como brotando entre cascotes, la tierra húmeda mezclada con raíces de plátanos y paraísos. Al enterarse de lo ocurrido, la tierra se apelmazó contra rocas y arenas arcillosas que se bañaban en aguas limpias. El torrente reposaba sobre piedra dura, silicio sagrado, escondido desde el Primario para soportar, inconciente, el peso moral de Buenos Aires.

Pero cuando llegué yo, con mi curiosidad, con mi insaciable necesidad de fundamento, la piedra se quebró como amor ante la traición, y ya nada quedaba. Salvo la lava volcánica y romántica del centro de la tierra.

Sentí entonces la lejanía infinita de Eva.

Seguía sentado en el umbral del mármol, que se parecía a mi lápida, como si estuviese sentado sobre mi propia tumba. En ese momento pasó un gato lastimado en alguna pelea callejera, con pelos desprolijos, desgarrado, maloliente; largando saliva y lágrimas; pasó muy cerca mío, pero no me dio asco ni miedo. Me dio cariño, no sé por qué le tuve lástima, lo comprendí y me apiadé de él. Después pasó Mojarrita, el borracho del barrio; venía muy en pedo y volví a sentir lo mismo: compasión.

Y por último vi venir mi cuerpo caminando por la vereda de mi casa, como hace un año, como antes de empezar, cuando inocente creía que la vida y la inmortalidad eran sinónimos. Me vi caminar contento, silbando y me dio pena; me tuve piedad. Después me entregué, no más traqueteo, no más temperatura, no más golpeteo de la sangre contra las venas, y desaparecí transformándome. Era una casicosa, un objeto más del frente de nuestra casa...

Escuché una voz masculina. Era una voz conocida que sonaba como el eco de una vieja canción; me decía: «¿qué te pasa, flaco, cómo andás?». Era el negro Osvaldo. Levanté la cabeza que parecía a esa altura un pedazo de telgopor y lo vi: montaña humana parada a mi lado. Una morena hermosa, tan hermosa que sorprendía, lo acompañaba. Le dije riéndome:

—Vos siempre llegás cuando estoy hablando con las hormigas... ¿de dónde sacaste esa preciosura?

Me contestó:

—Es Carmen, mi pareja; ¡vení gil!, que te estás congelando. ¿Te querés morir?

—No sé...

—De eso se trata el duelo, de decidir si querés seguir.

Estiró su brazo derecho y me levantó como a una toalla mojada, nos hundimos en el pasillo que parecía un tubo gigante, una gran arteria hacia el corazón de los hijos amados.

 

 

 

 

 

 

 
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