11/5/2018 6:56:23 AM
José María Moreno y Rivadavia
 
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(Fragmento de la novela La reencarnación de Buda en Lope de Vega y Jonte)

 

(Viene de Cima del Monte Meru)

 

Horacio, extenuado, se fue a su casa. Viajó sentado en un colectivo casi vacío, por momentos se adormecía con la frente apoyada sobre los brazos, que descansaban en el pasamanos del asiento de adelante.

Soñaba que estaba en un enorme parque donde jugaba a la pelota con amigos; a lo lejos podía ver a Florencia lanzándose por un tobogán rojo y verde, sentía el olor a carbón encendido de un asado que hacía su padre, pero no lograba verlo. Su madre preparaba el mate en una calabaza. Ella estaba muy joven y sonreía mientras conversaba. Sus cabellos volaban al viento.

Luego de un sacudón debido a una brusca frenada que lo despertó por un instante, Horacio pudo volver al sueño en el parque. Es poco probable salir de un sueño y volver a entrar en el momento justo donde quedó suspendido. Sin embargo, allí estaba la pelota esperando para que él la patee, sus amigos, los arcos improvisados con buzos, Florencia tirándose del tobogán y su padre acomodando tiras de asado en la parrilla mientras su madre le acercaba el primer mate, que desprendía abundante vapor. Horacio paró de jugar a la pelota y comenzó a caminar hacia ellos porque tenía ganas de decirles que Helena lo había besado muy dulcemente esa mañana, pero todos desaparecieron. Despertó en soledad y se dio cuenta de que se había pasado dos paradas.

Su celular sonó y pensó, lleno de culpa, que era su madre, una de las pocas personas que no usaban mensajes de texto para comunicarse, a la que no le había avisado de su ausencia nocturna. En la pequeña pantalla aparecía, no obstante, un número desconocido. Atendió y escuchó la voz quebrada de Helena que sólo dijo “Hola”.

—Hola hermosa. ¿Te pasa algo? —respondió Horacio.

—No… ¡Sí! Un poco, pero no es nada. Me gustaría verte más tarde si podés.

—Contame que sucede.

—Prefiero decírtelo personalmente.

—Nos podemos ver hoy cuando salgo de la facultad, a las cuatro, en José María Moreno y Rivadavia. ¿Te parece?

La cita quedó acordada. Minutos después encontró a su madre en la cocina con la peor cara.

—¡Qué te pasó que no avisaste! ¡Me pasé toda la noche preocupada! ¿No viste mis llamadas en el celular?

—No pasó nada, vieja, me encontré con unos amigos y se me hizo tarde, no me di cuenta.

—Vos sabés que no estoy bien y tenés celular. Te portás como un chico, ya es hora de que te des cuenta. Además, me estás mintiendo.

—¿Y vos cómo sabés que te estoy mintiendo?

—Con amigos no estabas, se trataba de algo más divertido… ¿No? Traés una cara diferente cuando la pasás bien.

—Estoy en el horno, vieja. Disculpame, te quiero mucho, me voy a dormir un par de horas, a las once tengo que salir para la facultad. Además, si sabías que estaba “pasándola bien”… ¿Para qué te preocupaste?

—¡Típica respuesta de pendejo!

Horacio se levantó a las once, cansado. Comió dos empanadas de choclo frías y un vaso de vino tinto cortado con soda. De camino hacia la facultad llamó a Damián, un compañero de correrías del secundario.

Le contó que tenía una nueva amiga y le pidió prestado un departamento de propiedad de la familia que solían utilizar como guarida. Estaba sobre Emilio Mitre, en la zona de Primera Junta, a metros de Rivadavia. Damián le dijo que no era posible: desde hacía unos meses estaba trabajando allí su hermano mayor.

Se saludaron y quedaron en verse. Luego de cortar, Horacio comprendió que su amor estaba a la intemperie. No tenía dónde estar a solas con Helena esa tarde, debería callejear o sentarse en una plaza. Concurrió a una clase teórica donde le costó horrores mantenerse despierto. A las tres y media, lleno de expectativa, caminó hacia José María Moreno y Rivadavia.

El lugar era todo ruido y confusión, Helena no había llegado. Se quedó esperando, lleno de adrenalina.

Unos minutos después, por la escalera mecánica de acero inoxidable del subte A, emergió la figura trémula y deslumbrante de Helena, que caminó unos pocos pasos hasta la esquina y, como no logró verlo, se detuvo. Llevaba un vestido enterizo gris abotonado adelante con finas rayas blancas verticales y un cinturón plateado que por momentos brillaba reflejando los rayos del sol. Él disfrutaba viéndola desde el otro lado de la avenida Rivadavia. Ella lo buscaba en medio de la gente. Unos instantes después sus miradas se cruzaron desde lejos. El semáforo duró cincuenta segundos, fueron muchas las emociones mientras caminaban hacia el encuentro.

Se veían recortados, como si toda geografía fuese tan solo el fondo necesario para sus figuras.

En la mitad de la avenida Rivadavia y su cruce con José María Moreno, se besaron; la existencia de esos dos próceres (con sus luchas, batallas y altos cargos) quedó por fin justificada. Sobre la senda peatonal se transformaron en una masa indivisible. Completos, se olvidaron de los coches, los camiones y el gentío. El contacto entre sus bocas fue un torrente de sabor inigualable. El hombrecito dibujado en el acrílico anaranjado del semáforo, preocupado por sus vidas, empezó a mover sus brazos para avisarles que si no se corrían de la calzada morirían aplastados por una marea de autos y motoqueros impacientes que, haciendo rugir sus motores, los intimaban a despegarse y llegar a la vereda, pues por fastidio o por envidia no respetarían su amor ni siquiera un instante.

—¿Adónde vamos? —preguntó Helena.

—A buscar un lugar donde estar solos.

Ella no dijo nada. Le apretó la mano y sonrió. En tres segundos llegaron a la vereda. Una vez a salvo se besaron nuevamente y caminaron sin destino cierto hacia la calle Yerbal.

La pendiente inevitable de lo que sentían los llevó hasta la puerta de un hotel alojamiento. Entraron caminando. Expuestos a la luz del día se sentían raros. Una anciana que paseaba con su perrito los miró cuando giraron. Horacio pagó un turno de hora y media a un hombre con anteojos que tenía aspecto de jubilado.

Después todo fue muy simple. No hubo miedo sobre esa cama, ni técnica amatoria, ni posturas orientales, videos porno ni acciones premeditadas, eran sus cuerpos tibios y flexibles dos finas hebras de hilo entremezcladas.

Sin saber por qué, en un punto ambos se llenaron de espanto; tal vez se sintieron vulnerables al pensar en la intensidad de lo que sentían, la facilidad con la que se amaban. Era como si sus cuerpos se conociesen desde mucho antes. Se distanciaron extrañados, asustados el uno del otro.

Sin saberlo habían soltado amarras en dirección al mar profundo y a poco de navegar descubierto una tormenta o un nuevo continente, algo inmenso, más grande y fuerte que ellos mismos. Como suele ocurrir en estos casos de a poco se calmaron, el miedo cedió.

Al darse cuenta que estaban jugando al amor no sintieron más el tiempo. Esa es la verdadera razón por la que los adolescentes llegan tarde y no se acuerdan de avisar a sus padres. Sumergidos en el deleite de lo lúdico viven otra dimensión inexplicable.

Cuando parecía que todo terminaba, se lanzaron con la fuerza de dos bestias imparables. Se atravesaron con mordiscos llenos de textura y su sangre enloquecida fue el espacio de su nueva casa. Porque desde siempre habitamos nuestros cuerpos. Un lugar sin ladrillos ni paredes, sin diseño ni aberturas, sin sillones ni terrazas, sin jarrones ni molduras; una casa propia sin deudas, usureros ni boletas que pagar. A esa altura por amarse nadie les podía venir a cobrar.

Durmieron abrazados. El teléfono sonaba y sonaba para avisar que el turno expiraba, pero siguieron. A las siete de la tarde comprendieron que debían separarse. Afuera los esperaba la intemperie. Se sentían inmortales, como si nada ni nadie los pudiese lastimar. Al salir a la calle, luego de unos minutos no pudiendo afrontar su atmósfera y se refugiaron en un bar. Pidieron dos cortados en vaso. Arreglaron de mentira varios futuros posibles para ellos, incluso irse a Río de Janeiro a poner un chiringuito en la playa. Reían.

—¿Qué querías decirme hoy? Estabas muy triste —recordó Horacio.

—Era sobre mi familia. Mis viejos pelearon otra vez. Prefiero hablarlo en otro momento, estoy muy bien ahora.

Se despidieron y caminaron en direcciones opuestas. Antes de doblar la esquina giraron, como esperando lo mismo del otro, volvieron a mirarse desde lejos y partieron.





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